¿Paternalismo?

Paternalismo. Fué una de las palabras que más escuché durante mi rápido viaje por Guatemala el pasado mes de marzo. La oí de bocas muy diversas y siempre referida a la actitud hacia los Guatemaltecos en general y los Indígenas en particular.

¿Y a quienes se acusaba de mantener esa actitud? Pues a entidades tan variadas como el propio Gobierno Guatemalteco y las ONG’s internacionales.

Llegué a escuchar ejemplos de pequeñas y remotas Comunidades que habían permanecido al margen de las ayudas internacionales y que «quizá por ello», presentaban en la actualidad una situación económica sensiblemente mejor que quienes habían estado en el epicentro de esas ayudas.

En ese mismo sentido, la crítica más feroz por parte de todos los que entendían de Educación, se producía hacia una de las medidas más recientes del Gobierno: la gratuidad total de la Educación Primaria. ¿Por qué? Porque según ellos se le quitaba valor a la Educación. Se la convertía en algo sin coste y por tanto sin reconocimiento por parte de unos padres que, de esa manera, recurrían en mayor medida al trabajo de sus hijos como apoyo en las labores del campo o en las tareas domésticas.

Era evidente que la mayoría de mis interlocutores preferían tener el acceso directo a la financiación de sus actividades vía padres, que tener que esperar a que el Gobierno a través de innumerables Departamentos, les remitiera un exiguo presupuesto. Era evidente también que quizá el nuevo esquema les reportaba un menor reconocimiento personal,… pero no es menos cierto que yo mientras les escuchaba, pensaba en la gratuidad de nuestra Educación Obligatoria y en la deficiente posición que ocupamos en cuanto a calidad de la Educación frente a los países con los que debemos compararnos.

Volviendo a Guatemala, y a las acusaciones de
paternalismo, fui testigo de una característica de su sistema de Educación que me volvió a recordar nuestra realidad local,… de hace algunas generaciones. Asistí a lo que para los niños era un momento mágico, feliz,… Asistí a lo que ellos llaman la «refacción». Algo que la Real Academia define en su primera acepción como «Alimento moderado que se toma para reparar las fuerzas». Algo que todos hemos oído que existía en las escuelas de nuestra postguerra.

El problema que también pude observar fué que para la mayoría de los niños, aquel «alimento moderado» era su primer alimento del día ¡y ya llevaban más de 3 horas en clase!.

Ahí me empezaron a sonar las alertas del paternalismo. ¿Sería cierto que la gratuidad era mala? ¿Alimentar a los hijos de otro, puede suponer malacostumbrar a sus padres,…?

Siempre he tenido claro que es mejor enseñar a pescar que dar pescado, pero a medida que voy profundizando en las diferentes realidades de las economías domésticas de países en vías de desarrollo, me voy convenciendo de que en muchas ocasiones será preciso combinar ambas cuestiones.

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