
Mientras, desde los países “presuntamente” desarrollados parece que estamos tratando con una plaga. Me refiero a la creciente presión sobre nuestras fronteras. Desde su lado y desde el nuestro. La carencia de lo más básico, los conflictos bélicos, el sueño de una vida mejor,… les empuja hacia nosotros y nuestra reacción es violenta, insolidaria y generadora de una espiral de sufrimiento que no va a impedir que lo sigan intentando una y otra vez. La inmensa mayoría no tiene vuelta atrás. Nada tenían salvo su dignidad y sienten que volver les haría perder incluso eso. Lo que persiguen es quizá sólo un sueño, pero es lo único que tienen. Eso, una voluntad de hierro y la seguridad de que jamás volverán derrotados. Morir o triunfar, esa es su alternativa. ¿Cual es la nuestra?
Desde la Fundación Alaine trabajamos en la generación de oportunidades para que
Por eso también redoblamos nuestros esfuerzos en Educación. Un camino lento pero seguro. Lo malo es que es demasiado lento,. Cada vez que abordo este tema, los ojos se me llenan de lágrimas de vergüenza y de rabia. Por esos cuerpos flotando, por esos sueños rotos, por esas familias deshechas,… pero sobre todo por nuestra insolidaridad. Por nuestra incapacidad para compartir. Por mirar para otro lado cuando se «defienden» cada vez con más violencia nuestras fronteras. Nos estamos endureciendo ante los problemas ajenos. Da igual que sean de aquí o de allí. Lo más preocupante es que estamos pasando de insolidarios a inhumanos. ¿Todo vale para defender nuestro estado de bienestar? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecerlo? ¿Qué han hecho ellos para no merecerlo?